Nuestro mundo moderno se rige, entre otras cosas, por la inmediatez, la exposición, la popularidad y el éxito. El anonimato y la invisibilidad de los actos parecerían estar obsoletos y en desuso. La necesidad de mostrarse y de que los demás vean y aprueben lo que uno hace, desestima, muchas veces, todo intento de practicar la misericordia. Entendiendo la misericordia como la virtud que nos lleva a compadecernos de las miserias de otros, aún cuando los destinatarios de dicha compasión nos hayan ofendido o no estén incluidos dentro de nuestra lista de favoritos.

"Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres" (Colosenses 3:23, RVR60).

El hacer las cosas para los hombres o como los que quieren agradar a los hombres (Col 3:22, RVR60) podríamos relacionarlo con algunos rasgos característicos de la personalidad narcisista, por ejemplo:

  • Necesidad de aprobación, admiración y alabanza.
  • Ser vistos y tener protagonismo.
  • Poca afinidad con las críticas.
  • Percepción del otro en función de la utilidad para lograr las metas propias.
  • Manipulación en cualquiera de sus formas.
  • Exhibición o exageración de los logros y éxitos   

El hacer las cosas de corazón, como para el Señor nos conduce al carácter de Cristo. Cuando nuestra meta es agradar al Señor en todo, y de esa manera decidimos emprender nuestras actividades diarias, permitimos que el carácter de Cristo se manifieste en nosotros. Repasemos algunas de las características de su carácter y atributos:

  • Mansedumbre (Mateo 11:29)
  • Humildad (Mateo 11:29)
  • Bondad (2 Co 10:1, NVI)
  • Amor (Jn 15:12-13)
  • Verdad (Juan 14:6)
  • Perdón (Col 3:13)
  • Obediencia (Hebreos 5:8-9)
  • Compasión(Hebreos 4:15)
  • Paz (Isaías 9:6)

Hacer las cosas como para el Señor implica respetar y amar a nuestro prójimo (llámese vecino/a, jefe simpático o antipático, suegra/o, hijos/as, esposo/a, etc.), desempeñar nuestras tareas con responsabilidad y compromiso así como si tuviéramos a Jesús del otro lado del escritorio. Por otro lado, con el mismo entusiasmo y gozo con el que nos presentamos los domingos en la iglesia ante los hermanos, deberíamos conducirnos con nuestros familiares, colegas y amigos que aún no han reconocido a Jesús como su Señor y Salvador.

Para finalizar, es posible que como discípulos de Cristo nos toque alguna vez ayudar a alguien que nos haya herido y esa podría ser una buena oportunidad para examinarnos a nosotros mismos y también decidir hacerlo como para el Señor, sin público, sin hermanos que digan:" Amén" a nuestro alrededor, solo poniendo en práctica el carácter de nuestro Maestro, quien conoce mucho mejor que nosotros lo que es la bondad, el amor y la compasión.