“Por lo cual, entrando en el mundo (Cristo) dice:
    Sacrificio y ofrenda no quisiste;
    Mas me preparaste cuerpo.

Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron.

Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para
hacer tu voluntad,
Como en el rollo del libro está escrito de mí.”

Hebreos 10:5-7

Respecto de esta cita, la versión antigua de la traducción Reina Valera dice «En la cabecera del libro está escrito de mí» aludiendo posiblemente a la cubierta de los libros, que por aquel entonces se escribían en forma de rollos, y darían título a la vida del Siervo del Señor: “Mi delicia es hacer Tu voluntad, oh Dios mío”.

Esto me lleva a reflexionar sobre el título que tendría el libro de mi vida, ¿qué se lee sobre mi cubierta? ¿Qué título espera encontrar Dios en ella?

El autor de la carta a los Hebreos dice que entrando al mundo Cristo dijo de sí mismo: “He aquí, vengo, Dios, para hacer tu voluntad”.

La cubierta del libro del Hijo de Dios tiene dos ideas centrales expresadas por medio de una acción: “vengo” y un objeto: “para hacer tu voluntad”, que concentran la razón y la misión del Señor Jesucristo en su paso por este mundo, viviendo entre los hombres, desde su concepción virginal hasta su ascensión a los cielos.

La primeras hojas relatan sobre el nacimiento, un pesebre, el niño en brazos de su madre, pastores adorando, ángeles cantando. El nacimiento es la primera consecuencia del “vengo”, implicó para el Padre prepararle a su Hijo un cuerpo, cual planta tierna que hunde sus raíces en la tierra seca (Isaías 53:2), e implicó para el Hijo el despojarse, el renunciar a lo que era suyo y tomar naturaleza de siervo, presentándose como un hombre cualquiera (Filipenses 2:7).

La acción de venir del Hijo tiene una razón sujeta al Padre: “Para hacer tu voluntad”, voluntad de Dios que revela un deseo irrevocable en el corazón del Padre, deseo totalmente compartido por el Hijo y especialmente probado en las últimas páginas del libro: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” (Lucas 22:42)

Los que lo vieron caminar por las calles polvorientas de su pueblo, los que lo escucharon hablar y enseñar, los que gustaron de su compañía y mansedumbre, los que viajaron y comieron junto a él, los que presenciaron sus milagros y experimentaron en carne propia su poder, dan testimonio de la voluntad del Padre cumplida por medio del Hijo: “Y nosotros mismos hemos visto y declaramos que el Padre envió a su Hijo para salvar al mundo.” 1° Juan 4:14

El deseo del corazón de Dios no pudo cumplirse sin angustia y lágrimas, sin dolor y sangre derramada.

Oprimido por el dolor y con un profundo sentimiento de desamparo el Hijo vuelca en una exclamación en su hora más difícil sobre la cruz, todo su dolor: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46)

En estos días próximos a la navidad, volvemos a tomar el libro y hojeamos sus primeros relatos: el pesebre, el niño, los ángeles, los cánticos. Pero ninguna otra parte de la historia puede echar luz sobre la cubierta de nuestro propio libro como lo hace el final de la historia. El niño del pesebre nació para cargar con nuestros sufrimientos, para soportar nuestro propios dolores, para ser traspasado a causa de nuestra rebeldía, atormentado a causa de nuestras maldades, para morir por los nuestros pecados y ser sepultado entre gente perversa, a pesar de que nunca cometió ningún crimen ni hubo engaño en su boca (Isaías 53: 4-9).

Esta navidad permítete conocer la historia hasta el final. Toma posición sobre el relato completo y clama a Dios por fe para creer, toma la pluma y escribe sobre tu propio libro el título que corresponde a uno que ha creído y vive conforme a Aquél que te hizo nuevo, que te dio vida y que volverá por ti.

“Pero a quienes lo recibieron y creyeron en él, les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios.” Juan 1:12

Que en tu libro todos puedan leer “Hecho hijo de Dios” y que al leer tus páginas puedan encontrar ejemplo de lo que es andar conforme al privilegio al que has sido llamado.