Desde pequeña recibí la primera y sencilla enseñanza de que la oración es “hablar con Dios.” Así la entendí, con la certeza de esa verdad, y con la credulidad inquebrantable que caracteriza a los niños. Mis primeras experiencias fueron lógicamente las oraciones junto con mis compañeros de la clase de la Escuela Bíblica de Niños, con la guía de la maestra o maestro; pero las experiencias más profundas “de hablar con Dios” en mi infancia, fueron las compartidas con mi abuela paterna cuando me quedaba a dormir en su casa. Desde mi perspectiva de adulta, me veo una niña asombrada por la reverencia de mi abuela ante la presencia del Padre, que ya anciana se arrodillaba sobre un pequeño almohadón junto a su cama, y me invitaba a mí a orar con ella.

Tanto ha sido ese impacto en mi vida, que cuando tengo que hablar con Dios sobre temas muy importantes y profundos, busco mi almohadón y me arrodillo también junto a mi cama.

Dijo Jesús: “De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará...pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido”. Juan 16:23-24 (RV60).

En esta versión aprendí de memoria este versículo, guiada por mi abuela. Palabras que tuvieron y tienen tanta fuerza para mí; porque las dijo Jesús mismo, porque se imprimieron en mi corazón de niña que no dudaba de que iba a recibir de mi Padre lo que le pedía, y porque tenía la promesa de que Dios quería que mi gozo fuera cumplido, de que mi alegría fuera completa.

El tiempo fue pasando, y con él muchas experiencias diferentes acerca de la oración.

Entendí que hablar con Dios es mucho más que lo que enuncia esta frase. Uno de los deseos más profundos de mi corazón ha sido ser “una mujer de oración”, y cuántas veces me he sentido frustrada por no lograrlo! Aún sabiendo y creyendo que la oración es un arma poderosa, y que su poder radica en Dios mismo, muchas veces significó buscar a tientas y sufriendo tropezones. Es que la oración lleva tiempo, implica entrega, búsqueda genuina. Su calidad está relacionada con el concepto que tenemos acerca de Dios y su poder.

“...Sean ustedes juiciosos, y dedíquense seriamente a la oración.” 1a Pedro 4: 7 (DHH)

La oración nos demanda honestidad con Dios, y lo más difícil: con nosotros mismos. Cuesta entender que nuestro Creador no nos pide perfección para ser dignos de tener una vida de oración. Él quiere que empecemos ya mismo, con todas nuestras cargas,nuestras falencias y carencias; espera que nos acerquemos a Él así con lo que somos, con lo que tenemos (ni más ni menos), y con lo que podemos. Qué liberación saber que nuestro Padre sabe cuáles son nuestras limitaciones. Que podemos empezar aquí y ahora.

Podemos descubrir que Dios, de manera lenta y bondadosa nos revela nuestros lugares escondidos, o a los que sí sabemos cómo llegar pero no nos atrevíamos a abrir sus puertas.

“Porque el Señor cuida a los justos y presta oídos a sus oraciones”. 1a Pedro 3:12 (DHH)

Sigamos intentando y experimentando en esta fuente inagotable de poder dada tan generosamente por Dios a sus hijos. Y aunque como seres humanos no alcancemos a vislumbrar el profundo significado de este acto tan sencillo como supremo, el de “acercarnos confiadamente al Trono de la Gracia”, no disminuyamos el paso, no abandonemos esta carrera...

Escribió Richard Foster: “La oración es la avenida principal que Dios usa para transformarnos. Si no estamos dispuestos a cambiar, seguramente abandonaremos la oración. Pero en la oración real, comenzamos a pensar como Dios piensa, a desear lo que Él desea; a amar lo que él ama. Progresivamente aprendemos a ver las cosas desde su punto de vista”...

¡Que así sea!