En su ley Dios nos revela su carácter, su naturaleza, aquello que le es grato y le complace. Por medio de la ley nos muestra lo que es bueno y lo que es malo, lo que concuerda con su ser y lo que lo ofende. En la ley de Dios se nos muestra un camino, una manera de conducirnos, una forma práctica de vivir, cuidada y sana.

Si divorciamos la ley del amor, ésta pierde su sentido, abandona su espíritu y se vuelve sólo un conjunto de reglas, pesadas reglas que por más que sean respetadas hasta el agotamiento, con esfuerzo y dolor, siempre nos dejan vacíos y gastados. Los fariseos pueden relatarnos mucho sobre esto, perfectos en cumplimiento pero con corazones secos por carecer de una relación personal con el Padre de la ley y con los hijos de ese Padre.

Miremos ahora a la ley desde otra perspectiva, tomemos las lentes del Maestro:

“Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?

 Jesús le dijo:

—“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.”  Éste es el más importante y el primero de los mandamientos. Pero hay un segundo, parecido a éste; dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.”  En estos dos mandamientos se basan toda la ley y los profetas.”

(Mateo 22:36-37)

En estos dos mandamientos se basan toda la ley y los profetas, afirma Jesús. El Maestro no sólo resume la ley, sino que la reinterpreta a la luz del amor, la vuelve a su sentido original, y señala el espíritu correcto en la que la ley de Dios debe ser entendida.

Cada decisión, cada acción, cada pensamiento, cada sentimiento que esté en consonancia con la supremacía de nuestro amor por Dios será conforme a la ley y de acuerdo con el carácter de Dios. El segundo de los dos mandamientos más importantes, dice el Maestro, es similar y está en sintonía con el primero: ama a tu prójimo como a ti mismo.

“Ama a tu prójimo como a ti mismo”: un verbo, un objeto directo y un adverbio de modo tan significativo: ¡como a ti mismo!, que instruye sabiamente sobre la medida de nuestro amor por el otro, no es más, tampoco menos, sino igual en intensidad, con la misma medida de consideración, paciencia, misericordia y oportunidades con que me amo a mí mismo, debo funcionar (vivir) amando a mi hermano.

Los cristianos nos hemos perfeccionado en ajustarnos la ley de Dios cumpliendo con todo mandamiento y regla visible, especialmente toda aquella descripta con claridad en la palabra de Dios: estudiamos la palabra, oramos, servimos en nuestras congregaciones, llevamos nuestros diezmos y ofrendas, no faltamos a la reuniones, pagamos nuestros impuestos, vivimos vidas ordenadas y sin excesos y a pesar de ello muchas veces seguimos sintiendo ese vacío adentro nuestro. Muchas de las personas que nos rodean, pueden tal vernos intachables a luz de la ley de Dios y sin embargo seguir experimentando en su relación con nosotros una distancia, una barrera infranqueable, una cierta frialdad que no podría llamarse desamor pero que al mismo tiempo sabemos, no es amor, al menos no el que Jesús tenía en mente cuando habló del segundo mandamiento. ¿Será que se puede cumplir el primer mandamiento sin cumplir el segundo? ¿Será que puedo amar a Dios y no amar a los hijos de ese Dios?

“Todo el que tiene fe en que Jesús es el Mesías, es hijo de Dios; y el que ama a un padre, ama también a los hijos de ese padre.  Cuando amamos a Dios y hacemos lo que él manda, sabemos que amamos también a los hijos de Dios.” (1 Juan 5:1-2)

En su libro “Inside out” (De adentro hacia afuera) L. J. Crabb escribe sobre el pecado:

“Si entendemos el pecado sólo como transgresiones a la ley de Dios (todo mandamiento claramente descripto en la Palabra de Dios), invertiremos toda nuestra energía en establecer normas y en ajustarnos al pie de la letra a ellas. El resultado es autojustificación farisaica o culposa frustración. ”

¿Qué hay de nuestras relaciones? ¿Cómo nos llevamos con nuestros hermanos y con nuestra propia familia? ¿Son sanas nuestras relaciones? ¿Todo eso que procuro para mí, toda la paciencia y el amor que tengo conmigo mismo, todas las oportunidades que me doy a pesar de mis fracasos continuos, son las mismas que tengo para con esa persona con la que no me llevo bien?

¿Qué hay de mis miedos, preocupaciones, frustraciones y cansancios, las comparto con aquellos que ensalzan mi conocimiento de la palabra y admiran mi inagotable dedicación a las cosas del Señor?

¿Estoy dispuesto a mostrar mis debilidades franca y abiertamente para que mi hermano no se sienta solo en sus luchas? ¿Estoy dispuesto a cambiar yo para que mi relación con otro funcione mejor? ¿Estoy dispuesto a dejar de lado mis mecanismos de defensa (dispuestos para resguardarme a mí mismo porque me amo lo suficiente) para arriesgarme a tener una relación más profunda y sana con aquél que tantas veces me ha lastimado?

“El que quiera salvar su vida la perderá” dice el Señor, ¿qué tiene que ver esto con mis relaciones y el amor por el prójimo?

¿Cuánto estoy dispuesto a amar a mi congregación? No hablo de duplicar las horas del discipulado que estoy dando, ni de comprometerme en un nuevo ministerio, ¿cuánto estoy dispuesto a amar de verdad a mi hermano? A entender qué le pasa, llegar al fondo de su falta de motivación y compromiso con la congregación, a comprender porqué reacciona como reacciona y porqué no logro comunión con él. Tal vez la raíz de mi pecado no sea tan distinta de la suya, sólo tienen diferentes manifestaciones.

Muy pocos cristianos dedican tiempo reflexivo al análisis de sus relaciones. La mayoría nos concentramos en aquello que se “ve”, la vara se coloca muy alto para todo aquello visible y cuantitativo, mientras dejamos que un manto de subjetividad deje bien cubierta la realidad de un corazón poco ejercitado en la práctica del amor por el prójimo.

No hay testimonio más convincente del evangelio de Jesucristo que aquél que muestro a través del amor de Dios volcado en mis relaciones. No hay testimonio más estéril que aquél que intenta predicar un evangelio en donde el otro no está pudiendo experimentar el amor de Dios a través de mí.

Que el Señor nos dé la valentía para mirar nuestro corazón como Él lo ve, sin disfraces, sin máscaras, sin escudos protectores. Animémonos a dar más para poder amar de verdad y que nuestro cumplimiento de la ley de Cristo sea completo para gloria de aquél que nos amó hasta el fin.

Muchas preguntas, sin embargo una sola respuesta: ¡ámalo como a ti mismo!

“Oh Dios,
examíname, reconoce mi corazón;
ponme a prueba, reconoce mis pensamientos;
24 mira si voy por el camino del mal,
y guíame por el camino eterno.”

(Salmo 139: 23-24)

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